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lunes, 2 de noviembre de 2015

EL TOQUE POR DOÑA LUCIA O EL ABRAZO DEL MUERTO

El día uno de noviembre tuve el honor de participar en el Primer Encuentro de escritores, gentes de letras  y periodistas organizado por Francisco Hernandez (Interpubli)  bajo el título de "La Noche de los Cuentos de Ánimas" en la Filmoteca Regional de Murcia. 
Esta es la historia que conté al público que abarrotaba la sala. Una leyenda murciana que en su día me contaron y a la que di, para la ocasión, forma literaria. 
La publico en mi blog para que quien desee leerla que lo haga. 



EL TOQUE POR DOÑA LUCIA. (o El Abrazo del muerto)

Casaron a doña Lucía de la Cruz, apenas cumplidos los diecisiete años, con el anciano don Juan de Arce. Caballero de la orden mercedaria, senescal de su majestad Felipe V y gran valido que fuera del último de los Austrias. Era el señor de Arce rico y poderoso hacendado murciano que viudo, desde hacía más de veinte años, encaprichose con la joven y cándida Lucía a la que sacaba casi sesenta años de diferencia.




Don Cristóbal de la Cruz, padre de Lucía, consintió y permitió tales nupcias, aun consciente de la diferencia de edad, para que tal enlace matrimonial mejorara considerablemente sus arcas y hacienda, estaba arruinado, y conocedor de la falta de descendencia del noble viudo que, siendo gran fortuna de Murcia, no tenía a quien dejar su enorme patrimonio de tierras, palacios y cientos de miles de maravedíes.
 El anciano, enamorado perdidamente de doña Lucía, obligó a esta a firmar documento ante el notario mayor en el cual quedaba reflejado que a su muerte, ella, heredaría todo su patrimonio y riquezas si bien, hasta ese momento, debería mantenerse fiel al sagrado vínculo del matrimonio y no tendría relación alguna con ningún otro hombre. Ni siquiera de palabra, visitas o cortesías. 



Hasta tal extremo llegaba el celo del rico varón que, una vez desposados, prohibía a Lucía contacto con los criados y cada vez que salía a la calle, para asistir a misas y oficios religiosos únicamente, lo hacía acompañada de dos de sus damas. Una de ellas, doña Juana del Castillo, estaba al servicio de la casa más de cincuenta años y era como si el mismo don Juan de Arce la acompañara tal era el celo y la vigilancia que el ama del palacio ejercía sobre la joven esposa.



Pero el amor, que nada entiende de pactos, firmas ni codicilos notariales, surgió como violenta y pasional tempestad entre la joven dama y Félix de Avellaneda. Apuesto servidor de la casa con apenas veinticinco años y que ostentaba el cargo de caballerizo mayor. La pasión surgió entre ambos y, aprovechando las noches, en las cuadras del noble edificio daban rienda suelta a sus amores no exentos de ardor juvenil y largas abstinencias de placeres que, el anciano por su edad, no podía dar a su joven esposa doña Lucía. Lo que no sabían los temerarios amantes era que sus fogosos encuentros pasionales eran seguidos muy de cerca por la celosa doña Juana del Castillo que tomaba buena nota de cuanto escuchaba y veía en la soledad de las caballerizas.


Enfermó a los tres años del casamiento el anciano don Juan de Arce y a los pocos meses entregaba su alma a Dios en los postreros días del mes de octubre. Pero antes de que llegara el momento de expirar, doña Juana su fiel ama, le confesó las infidelidades de su joven esposa a la misma vez que le hacía ver que, la virtuosa joven, había roto el pacto de honor subscrito en el casamiento y que por tanto no era merecedora de herencia alguna. Aprovechó también aquella última confesión ante su señor para declararle su amor y confesarle que desde el primer día que entrara a servir en la casa estuvo enamorada de él sufriendo en silencio su amor no correspondido. Entonces, tras las confesiones del ama, don Juan de Arce tomó la decisión de que a su muerte, que sentía cercana, ella se encargaría de introducir en su cuerpo el documento notarial y que, este, se iría a la tumba junto a sus restos sin que nada ni nadie supiera de su paradero. Si aquel codicilo no aparecía no se podría cumplir con lo pactado. El único documento era el suyo pues, en su día, prohibió al notario que extendiera copia alguna.



Falleció el caballero un veintiocho de octubre, siendo la hora nona, y su cuerpo fue trasladado al convento de la Merced cuya iglesia estaba recién inaugurada ya que don Juan de Arce, aparte de ser caballero mercedario, había sido gran benefactor de la orden. El cadáver fue conducido por la puerta de Santo Cristo, (en la actual plaza del Beato Andrés Ibernon, o de las tascas)  y tras cruzar el claustro mercedario (actual claustro de Derecho de la Universidad) fue depositado en el interior del nuevo templo sobre un alto catafalco con cuatro grandes cirios en las esquinas y un gran paño negro, bordado en oro con sus blasones, cubriendo toda la base del monumento funerario.




Tras buscar afanosamente el documento tanto don Cristóbal de la Cruz, suegro del fallecido, como la propia doña Lucía nada encontraron en el Palacio pero una astuta sirvienta, Carmencica, contó a su señora las disposiciones del difunto y como el ansiado codicilo se encontraba en el interior del cuerpo del finado. No se lo pensó más la joven viuda y la madrugada del día de las Ánimas, vestida de mozalbete de servicio y acompañada de la tal Carmencica, se lanzó a la loca aventura de registrar el cadáver para hacerse con el ansiado documento que la haría rica para siempre.




Pasadas las tres de la madrugada, tras escuchar el rezo de laudes de los frailes mercedarios, saltó la tapia del convento. La sirvienta no lo hizo por miedo. Recorrió a oscuras el claustro y llegó hasta el catafalco en el interior de la iglesia. Solo permanecían encendidos los cuatro cirios en las esquinas del túmulo funerario. Debía de darse prisa pues tres horas más tarde, sobre las seis, los buenos frailes volvían de nuevo al interior del templo para el rezo de la hora prima. Se encaramó como pudo sobre el catafalco y se encontró cara a cara con el cadáver vestido con negros ropajes, un gran medallón mercedario sobre su pecho y en sus manos, entrelazadas, un puñal de rica empuñadura.




Sus intentos por separarle brazos y manos eran infructuosos pues el rigor mortis de Don Juan de Arce impedía también abrir la casaca y acceder a la blanca camisola almidonada. Separó como pudo los brazos que, el difunto tenía sobre el pecho, los colocó hacia atrás sobre el borde del féretro, desabrochó casaca y camisa llegando por fin a tocar el documento que sobre su pecho había colocado la fiel doña Juana del Castillo. Pero con tal mala fortuna que, cuando estaba en plena faena, los brazos del cadáver cayeron de donde los había sujetado y abrazaron por completo el cuello y la cabeza de la joven esposa. Fue tal el susto que, doña Lucía, cayó fulminada sin sentido al interior de la caja mortuoria.



Pero antes el grito de terror, en la soledad de la noche, se escuchó en muchas millas a la redonda. Se despertó la congregación y cuando llegaron a la iglesia hallaron a la joven viuda muerta entre los brazos de su difunto esposo. Nadie sabe porque motivo o razón en ese momento, las campanas de la iglesia de la Merced, comenzaron a tañer con el toque de difuntos. Nadie había en el campanario.




Muchos años después, muchos siglos después, ya en nuestros días los vecinos de Puerta Nueva, el Cigarral, Santo Cristo e incluso las puertas de Orihuela cuando escuchaban repicar a muerto el día de las ánimas, en el convento de la Merced, siempre se santiguaban y decían: “Por el alma de doña Lucía”…….

Como me lo contaron, os lo he contado a vosotros .......

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