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lunes, 18 de julio de 2016

INOCENTES

Una mañana de verano en la oficina del "Servicio Público de Empleo Estatal". Hace calor pese a que los aparatos de aire acondicionado intentan refrescar el cargado ambiente. Unos veinte asientos todos ocupados. Gentes sentadas de dos en dos  y muchas otras de pie esperando ser llamadas, según el turno que tengan, en la mesa que les corresponda.

 Madres jóvenes y menos jóvenes cargan con sus hijos en la eterna espera. Unos van en carritos, otros colgados del cuello, algunos corretean y otros, incluso, pintan en hojas de papel sentados en el suelo. Bastante tienen las madres, cuando no tienen trabajo y han ido hasta allí para pedir una ayuda social, que encima tienen que llevar a sus hijos con ellas porque no tienen donde dejarlos. 
Esos niños no tienen veraneo. No saben lo que es un día de playa. No pueden ir al colegio porque el curso ya terminó y sus progenitores, que no tienen ni para comer, no se pueden permitir el lujo de pagar una mensualidad para que sean atendidos en algún centro privado o escuela de verano. Solución: los niños con las madres o los padres sufriendo desde la mas corta edad la vergüenza de la cola y la miseria. Del paro, la indigencia y el olvido.


La oficina es una improvisada "torre de Babel" Hay personas de todas las nacionalidades y razas. Incluso chinos, con lo raro que es verlos fuera de sus lugares de trabajo. 
Jóvenes madres y mujeres musulmanas con las túnicas hasta los tobillos y el pañuelo envolviendo sus cabezas. Sudamericanos de diversos países y procedencias. Dos subsaharianos, varios hombres marroquíes, una chica china (como he dicho antes) y por supuesto españoles.

 A mi lado un hombre ya maduro, de nacionalidad marroquí, con una camiseta del Barcelona y pantalones vaqueros, da cabezazos apoyado en una columna e intenta mal dormir en la larga espera. Los niños siguen jugando ajenos al drama que viven a su alrededor los adultos. El que parece mayor de todos cuantos hay allí, sobre la mesa supletoria donde se encuentra el ordenador para coger turno, emborrona unos folios que alguien le ha dado con un viejo y chupado bolígrafo bic cristal. 


Los sudamericanos, mas abiertos y dialogantes que el resto, hacen causa común de sus desgracias y no ocultan sus penas hablando entre ellos. Una joven madre con dos niños sentados a su lado, cuenta a otra mujer mayor que gracias a una tal "doña Paquita":  "los niños llevan ropita de verano. Les compró esas camisetitas y los pantaloncitos, le dice, el otro día en el mercadillo del barrio. Si no de que iban a ir mis niños vestidos así" Siguen pasando los minutos que aquí parecen horas. 
Un niño llama poderosamente mi atención. Está sentado frente a mi. Desde que he llegado no se despega de una pistolita de agua, la misma que otros niños a esas horas estarán disfrutando en la playa o la piscina, y que él sostiene entre sus manitas mientras está literalmente pegado a su padre, sentado a su lado, y con la cabecita apoyada en su regazo. No se despega de la pistolita de plástico, con vivos colores, a la que continuamente chupetea. De tanto mirarlo me doy cuenta que esta bebiendo agua pues, el juguete, va lleno de ella y el niño la utiliza para beber. No he visto unos ojos mas tristes en mi vida. Nunca. ¿Que estará pensando, me digo? ¿Que pasará por su cabeza cuando apenas tiene cuatro o cinco años? ¿Cuales serán sus sueños? Y sigue bebiendo agua de la pistolita de plástico.


Una voz metálica, que proviene de la pizarra de turnos, va llamando a los números y dirigiéndonos a la mesa que nos ha correspondido. Eso somos, números. Fríos e impersonales números de estadísticas que, mañana, el político de turno, venderá en su particular provecho diciendo que el paro disminuye. Cada día suben las afiliaciones a la Seguridad Social. Es muy fácil encontrar empleo. El sector se recupera. La pobreza se está erradicando y el Gobierno lucha denodadamente contra el paro. O ya para rizar el rizo los hay que dicen que van a crear miles de puestos de trabajo al mes o incluso, otros, prometen pagas mensuales equiparables al salario mínimo mientras no se encuentra trabajo. Mentiras y mas mentiras.

 Y mientras, los niños inocentes que no tienen otro sitio donde ir o estar, van con sus padres a un lugar donde solo se ve miseria y tristeza. Donde únicamente se escuchan llantos y lamentos. Un sitio que, para ellos, no debería ni existir. Tienen edad de estar jugando y disfrutando del sol, el mar, el campo o la piscina. Pero no. No. Están allí. Van con sus padres a un lugar donde, en el peor de los casos, serán testigos directos viendo a sus padres o madres llorar sus desgracias ante un funcionario que, tras una mesa, intentará solucionar sus problemas aunque la mayoría de las veces no pueda hacer nada por ellos.
 Esos niños verán, como sus madres, le cuentan a otras madres que no tienen para comer. Que la ropa que llevan se las ha dado la caridad de "doña Paquita, o que gracias al cura de la parroquia el otro día les dieron galletas y chocolate. Porque igual que lo he escuchado yo, esta mañana, los niños también lo han escuchado. Y ellos eran los desgraciados protagonistas. 


Pobres niños. ¿Como van a crecer esas criaturas si en edad de jugar y soñar ven llorar a sus padres? ¿Si pasan la mañana del verano en una sala impersonal y triste donde se escuchan dramas y lamentos? Y menos mal que hay gente muy buena en el mundo. 
Menos mal. Sin ir mas lejos el empleado de la empresa de seguridad que cubre estos servicios. Un joven uniformado que lleva bien visible la placa de la empresa que le paga "Securitas". Le he estado viendo toda la mañana. Observándolo.  Atento, servicial, solucionando todas las pegas del mundo, atendiendo a la gente con la mejor sonrisa. Dispuesto a arreglar cualquier problema. Incluso dando, a esos niños, folios para pintar y bolígrafos o lapices para que se entretuvieran. Héroes anónimos que, desde su puesto de trabajo, ayudan a los demás sin importarles raza, credo o color de la piel. Un hombre que repartía sonrisas y que hacía mas fácil ese calvario del que llega por allí y encima no es de esta tierra y desconoce, en muchos casos, incluso la lengua para poder expresarse correctamente. Gentes que llevan en bolsas de plástico, abrazadas a su pecho como el mayor de los tesoros, los documentos de que disponen para estar en España. Pasaporte, permiso de trabajo, empadronamiento e incluso hasta las recetas de los médicos. Todo va guardado en esa bolsa, del supermercado, de donde el atento guardia de "Securitas" extrae con sumo cuidado y extremado cariño los papeles que esa persona necesita en ese preciso instante antes de hacer la consulta.

 

Sinceramente me gustaría que todo cuanto he visto y vivido allí, en esa oficina, lo vieran nuestros políticos. Unos y otros. Los que gobiernan y los que viven en y de la oposición. Que tuvieran los redaños suficientes y un día, dejando trajes de marca y corbatas de seda en el armario, se pusieran unos vaqueros, una vieja camisa o un polo y se sentaran durante toda la mañana en uno de esos sillones de la sala de espera de esta oficina de empleo estatal.

 Que vieran, como he visto yo, los ojos tristes y sin futuro de unos niños que dormitan junto a los mayores esperando un turno. Que les miren sus caritas tristes y soñadoras sin porvenir  alguno y viviendo de la caridad de una tal "doña Paquita" o del cura de la parroquia. Que tengan el pundonor de "bajar de sus carrozas de terciopelo y maderas nobles" para subirse al carro de la miseria, el hambre, la vergüenza y el olvido.
 Que hagan cola como miles de personas hacen diariamente. Que se sienten delante de un funcionario, que hace cuanto puede, y les cuenten sus miserias (si no las tienen, bendito sea Dios, que se las inventen para ver reacciones) Que vivan con el pueblo, sufran con los que sufren y lloren con los que lloran. Es muy fácil impartir doctrina desde los confortables despachos. Dar cifras apabullantes y triunfalistas ante los periodistas. Salir en mil fotos de postureo en redes sociales vendiendo lo bien que lo hacen por los que mas los necesitan y mintiendo con un descaro que ruboriza a quien de verdad "baja al infierno de los olvidados" que ellos nunca han pisado ni conocen. 


Si. La miseria está ahí junto a nosotros. Al volver la esquina. Ahí, sobre todo, hay centenares de inocentes que no entienden lo que están viendo y que no comprenden, por mucho que alguien se lo intente explicar, como su madre llora sentada frente a una mesa hablando con un desconocido que le dice que no tiene mas ayudas. Que ha cumplido los plazos. Que no le corresponde ya nada y que se acabaron los cuatrocientos euros de miseria que tenía hasta ahora. La madre llora desconsoladamente y el niño, esa criatura inocente y débil, chupetea el viejo bolígrafo bic cristal que la mano caritativa de un empleado de "Securitas" le ha entregado minutos antes para que se entretuviera haciendo dibujos sobre un papel usado.

Esa madre llorando desconsoladamente y ese niño del bolígrafo desgastado estaban esta mañana sentados a mi lado. En la mesa aledaña.  Y mientras a mi me iban cumplimentando otros documentos a ella le estaban cerrando todas las puertas y le estaban matando la esperanza. 

El niño no levantaba los ojos del suelo y con una mano se llevaba a la boca y chupaba el bic y con la otra se cogía a la vieja falda de la madre. 



5 comentarios:

  1. Yo vivo esa misma realidad desde julio del año pasado

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  2. Yo vivo esa misma realidad desde julio del año pasado

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  3. Yo vivo esa misma realidad desde julio del año pasado. Elisa Franco

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  4. Yo vivo esa misma realidad desde julio del año pasado. Elisa Franco

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