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domingo, 31 de diciembre de 2017

AQUELLA NOCHEVIEJA

Llevado por la nostalgia, que en días tan señalados como este de Nochevieja, suele hacer acto de presencia en mi vida voy a contar una historia, real como la vida misma, que me ocurrió hace muchos años cuando, de obligado cumplimiento, estaba haciendo el servicio militar. Aquello que llamábamos coloquialmente "la mili" . Fue un día gris lluvioso y desapacible de un 31 de diciembre en un año que, de tantos como hace, prefiero no recordar. El escenario Madrid donde había sido destinado, tras mi paso por el campamento militar CIR nº 4 en Cáceres. De allí, tras jurar bandera un día de la Inmaculada, salí destinado al Cuartel Capitán Guiloche, Regimiento de Artillería Antiaérea nº 71 de Madrid. 


Aquella mañana de Nochevieja, después del desayuno, y no teniendo trabajo en la oficina jurídica en la que estaba destinado, paseaba por el interior del acuartelamiento añorando como no podía ser de otra manera las fiestas en aquella Murcia que me quedaba tan lejana. Una celebraciones que, en mi casa, tenían el sabor amargo de haber perdido a mi padre cuatro años antes. En esas estaba cuando el capitán de mi compañía, que estaba de guardia, se cruzó en mi camino y me preguntó si no me habían dado permiso de Año Nuevo. Le dije que no y que por eso estaba allí. Aquel buen hombre me dijo que lo arreglaba en cuestión de minutos y efectivamente, una hora después mas o menos, tenía yo mi pase para venir a Murcia el mismo día de Nochevieja. 


En aquellos años, como ocurre hoy en día, las comunicaciones con esta ciudad desde la capital de España eran un autentico infierno. No había trenes, solo el "Rápido a las diez de la mañana y el Correo por la noche" Autobuses, únicamente uno con servicio nocturno y nada mas. Un caos. Así que, cogí el autobús que unía Vicálvaro con el centro de Madrid, tenía su parada término en Ventas, y allí en metro hasta la calle Antonio Lopez salida obligada para la Nacional 4. Y como era costumbre en aquellos años, vestido de militar y con mi petate de ropa sucia al hombro, me puse a hacer "dedo", auto stop, intentando encontrar alguien que me acercara lo mas posible a Murcia. Llovía a mantas sobre la capital y hacía un frío de mil demonios. No hace falta que comente que, embutido en aquellos célebres "tres cuartos", con mi boina negra en la cabeza (llevábamos esa prenda en aquel cuartel) las botas y los pantalones remetidos en ellas me puse hecho un "cristo" mojado hasta en la ropa interior. Y nadie paraba para recogerme..... 


Cerca de la una de mediodía, calado, con frío y cierta desesperación pensaba regresar al cuartel cuando paró un Simca 1200 que me ofreció llevarme hasta Albacete pues, su conductor y acompañante, eran de aquella ciudad. Así fue y las cuatro de la tarde, mas o menos, tras mas de dos horas de viaje, aquel conductor, me dejó en el cruce de la antigua carretera que señalizaba la dirección a Murcia a la salida de la capital manchega. Menos mal que, en Albacete, no llovía aunque hacía un frío mas que considerable y mas en las condiciones en las que iba yo con todo el cuerpo mojado. 


Si la espera en Madrid fue desesperante no quiero contar lo que supuso estar en Albacete, en mitad de la nada, durante horas y horas. No pasaba nadie. Ni un vehículo. Carretera desierta donde vi correr el tiempo sin poder hacer nada. Las cinco, las seis, las siete.... noche cerrada y solo en mitad de ningún sitio, vestido de militar, con un petate en el suelo donde, cuando el cansancio hizo mella, me sentaba para descansar un rato. La desesperación hizo acto de presencia y hasta el miedo, lo reconozco públicamente, al estar solo en mitad de una carretera sin luz, sin tráfico, sin nada. Y cuando ya me encontraba hundido física y mentalmente, pasó un camión. Recuerdo muy bien marca y modelo. Un "Barreiros" tan populares aquellos años en las carreteras españolas. Tras sobrepasarme y pensar yo que no iba a parar, observé como se detenía y aquella luz roja trasera de sus frenos se me antojó "luz celestial". Eran las diez y media de la noche. Había estado seis horas esperando que alguien se apiadara de mi en mitad de la nada. 


El camionero, solo se que se llamaba Juan, era de La Ñora y el hombre fue la encarnación de mi ángel de la guarda aquella inolvidable Nochevieja. Nos contamos nuestra vida sentados en aquella cabina del camión. Venía de Madrid de hacer un porte y había tenido un problema mecánico lo que le había "condenado" a él también a pasar tan señalada noche solo en la carretera. Nos hicimos compañía desde luego. Sobre las once paramos en una venta en la carretera y nos dispusimos a cenar. Nadie en la barra. Comedor vacío y solo un hombre mayor y una mujer en la cocina atendían en aquel establecimiento. Lo recuerdo perfectamente. Una ensalada y medio pollo asado con patatas. Vino de Jumilla del barril y de postre un flan de la "casa". No me dejó pagar mi parte de la cena pues, según me dijo, los soldados en la mili no teníamos un duro y él tenía mucho gusto en invitarme. A las doce menos cuarto seguimos camino sin esperar "las campanadas" pues, según me dijo, para el aquella noche no era "Nochevieja" pues no podía estar con su mujer y sus hijos a los que, por cierto, había llamado desde la venta contándoles que estaba cenando y todo cuanto le había pasado desde que intentó salir de Madrid. Yo no llamé a casa en ningún momento pues quería darle la sorpresa a mi madre. 


Recuerdo, jamás lo olvidaré, que a las doce de la noche en el aparato de radio de aquel camión donde llevaba sintonizada la emisora de Radio Nacional de España retransmitieron las doce campanadas desde la Puerta del Sol.



 En ese momento, Juan, aflojó la marcha, levantó el pie del acelerador y me dio su mano dura y encallecida de tantas horas de volante. De cargas y descargas. De interminables viajes por toda España....  Estrechó la mía con fuerza y me dijo: "Alberto, feliz año nuevo" .... jamás nunca, nadie, me ha felicitado el año nuevo como aquella noche lo hizo Juan. Un camionero de La Ñora que, para mí, fue el "Ángel de la Guarda" en la carretera de Albacete. 
No se conformó con traerme a Murcia sino que me acercó a mi casa donde nadie me esperaba y, ya madrugada, di la gran sorpresa.
Nunca supe nada mas de Juan.  

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