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miércoles, 12 de junio de 2013

LAS CARAS TRISTES DE LOS NIÑOS


A finales de los sesenta, cuando volvía del colegio, siempre pasaba por delante de un comedor inmenso donde largas colas de niños, pelados al cero, esperaban la apertura de puertas para entrar a comer. Recuerdo, no sin cierta nostalgia, que le preguntaba a mi madre o a mi abuela ¿Quiénes son esos niños? Y mi abuela me decía: “Niños pobres que no tienen papá y mamá como tú y las monjitas les dan de comer. Tú tienes que dar muchas gracias a Dios por no tener que venir a comer ahí..”  Y aquel niño del parvulario, que era yo, se quedaba tan feliz con la explicación.

Veía, eso sí, que eran niños tristes. Con la mirada baja. No jugaban y corrían como los de mi Colegio. No saltaban ni jugaban a la pelota. Estaban muy serios en una larga fila a las puertas de aquella casa de amplias puertas de cristal. Todos vestían un guardapolvo, o babi, de rayas grises y azules.



Esperaban que las monjas, con unas impresionantes “tocas” blancas que parecían alas a ambos lados de la cabeza, salieran a contarlos en las filas y les permitieran definitivamente entrar allí donde, como pude ver alguna vez mirando por los cristales, tenían los mismos cuadros que había en mi clase: Una foto de Franco que era nuestro Caudillo victorioso y otra de un señor que se llamaba José Antonio al que, según nos decían, mataron “los rojos” por ser católico y amante de Jesucristo. Ese mismo Cristo que, en medio de ambas fotos, colgaba de una cruz de madera. Todo sobre un entarimado donde se sentaban tres monjas y que, en un lado, tenía la bandera de España con el Águila invicta de San Juan (tal como me habían explicado en mi colegio)

Aquellos niños fueron los niños del hambre y de la guerra. Los niños de la calle.  Aquellas víctimas inocentes, como siempre son los niños, de una barbarie que jamás debe repetirse, y que aguardaban en largas colas para poder llevar a su boca un plato caliente, un chusco de pan y, con suerte, un plátano, una manzana o una naranja. Así un día tras otro y muchos mas…. ¿Qué será hoy de todos aquellos niños que pasaron su infancia y adolescencia en una larga cola esperando, en el plato abollado de hoja de lata, un caldo espeso y negruzco y un chusco de pan?





Han pasado los años…. Pero los comedores sociales han proliferado por todos los barrios, pueblos y ciudades de España. Ya no hay monjas de grandes tocas. No está, por fortuna, el cuadro con Franco y José Antonio. No se cantan “Montañas nevadas” en las colas de espera. No se recuerda y tararea aquel “Isabel y Fernando el espíritu impera y moriremos besando la sagrada bandera”…. Ni por supuesto, antes de comer, brazo en alto, no se canta el “Cara al Sol” ni se dan “vivas” a Cristo Rey…. No. Hoy no. Afortunadamente.

Pero ahí están las largas colas de caras tristes y ropas viejas. De rostros sin nombre. De hombres, mujeres y niños que esperan día sí y día también que cualquier ONG o institución religiosa les dé un plato de comida. Horas enteras bajo el frio, la lluvia o el tórrido sol de verano esperando ser los primeros para poder entrar al comedor y así asegurarse el plato caliente, el panecillo, el vaso de agua y la pieza de fruta.



Hoy, 12 de Junio, leo que es el día para luchar contra la explotación infantil. Por los derechos del niño. Para erradicar la esclavitud a que se ven sometidos en muchos países del mundo como mano de obra barata e incluso “carne de cañón o trinchera”… En España, también leo, un veinte por ciento de niños está malnutrido dada la precariedad de la economía familiar a la que pertenecen. Que no tienen para comer. Que se han retirado miles de becas de “comedor” que era el único sustento que tenían en el colegio. Leo, también, que incluso ayuntamientos se han hecho cargo de esos pagos y evitan, en lo posible, que con la llegada del verano y las vacaciones, los niños, se queden sin comer en sus colegios y han pagado para que ese servicio se mantenga.

Escucho de Caritas que, cada día, es mayor el número de niños que acuden a los comedores sociales lo que les ha “obligado” a preparar menús especiales para el completo desarrollo de estas criaturas. Me entero, en fin, que los hoteles de Canarias, en una iniciativa digna del mayor de los elogios, se han puesto de acuerdo para preparar todos los días cuarenta menús, del buffet que sirven a los turistas, para llevarlos a Caritas y ayudar, también ellos, a que puedan comer niños y adultos al menos una comida al día en condiciones.




No. Ya no tenemos monjas de grandes tocas. Ni se canta el “Cara al Sol” (afortunadamente) Ni las señoras de la Sección Femenina tienen abierto el ropero. Ni están los cuadros de Franco con su capa de armiño y de José Antonio Primo de Rivera con su eterna camisa azul mahón, que siempre era negra en la foto. Ni la bandera sirve de lecho al águila invicta de san Juan….. ni yo voy al colegio de la mano de mi abuela o mi madre.

Pero las colas del hambre son cada día más grandes en nuestros barrios, pueblos y ciudades. Y las caras de los niños, víctimas inocentes siempre, son igual de tristes que aquellas otras de hace cincuenta años aunque, como es el caso, hoy no vayan “pelados al cero”.





Alberto Castillo Baños

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