EN EL DESVAN DE LA MEMORIA


Estos días nos encontramos, en parques, calles y plazas una gran cantidad de niños vestidos de fantasmas, esqueletos, brujas, muertos vivientes y mil disfraces más que la importación de la fiesta anglosajona de Halloween nos ha regalado en los últimos tiempos. Y me estoy dando cuenta que cada año va a más. Quizá por ello, esta noche, reflexiono sobre esas otras fiestas del uno de noviembre y del día dos, o día de las ánimas que no son lo mismo  en aquella infancia perdida para siempre pero no por ello olvidada.

Recuerdo los días grises de un otoño en pleno apogeo y, que siempre, era el uno de noviembre la fecha escogida por nuestras madres y abuelas para que estrenáramos la ropa de abrigo de la temporada. Visita obligada al cementerio, de la mano de nuestros padres, y flores en las tumbas de aquellos seres que se fueron para siempre y que en su gran mayoría eran desconocidos para nosotros pues habían fallecido, incluso, años antes de nuestro nacimiento.



Pero antes había que cumplir con el rito de la compra de flores. En la céntrica plaza murciana de Santa Catalina y en su aledaña de las Flores. Los huertanos traían su olorosa mercancía de amarantos, gladiolos, claveles, crisantemos, margaritas,  rosas y aquellos hoy casi desaparecidos “mocos de paco” por la similitud que tenían con este apéndice del ave de corral. Gentes de acá para allá con las flores envueltas en papel de periódico y atadas con un grueso cordel. Olor característico de este hermoso enclave de la ciudad que, en esos días, tenía un especial atractivo.



Tras la compra de flores había que entrar en Bonache o Barba a comprar huesos de santo y buñuelos. Efímera y empalagosa dulcería para un festivo irrepetible en el calendario murciano y que era, en aquellos días, el acompañamiento del café en la sobremesa o en las largas veladas de la tarde en torno a la estufa (los más pudientes) o el humilde brasero de “sisco y picón” Tardes interminables en casa recordando a los difuntos. Anécdotas de su vida, comentarios y al caer la tarde, siempre, todos los años mi abuela nos hacía rezar un rosario en su memoria.




Tarde de "gachas" con "Arrope y Calabazate" o de "tostones" con sal o azúcar. En Murcia, jamás, se llamaron "Palomitas". Eso vino después con la moda de los cines y la importación de otras costumbres de allende las fronteras. Para nosotros, los murcianos, eran "tostones" como se llamaba al maíz convertido en sabrosa y apetecible exquisitez culinaria. Y los había de dos clases. Blancos, inmaculados, que eran los "tostones con sal" y también amarillos y pegajosos que eran los de azúcar. Por regla  general los salados eran para los mayores y la abuela hacía los dulces para los nietos que los esperábamos no sin cierta glotonería. Ya, después de la cena, aparecían en la mesa las apetecibles "gachas de harina" que tenían un sabor característico aromatizadas con granos de "matalauva de granos de anís" y bañadas en rico arrope con los tradicionales "tropezones" de calabazate. Ancestral receta de la huerta de Murcia que hunde sus raíces en los lejanos días de la Edad Media cuando, los árabes, la pusieron en practica en la viejas tierras de Al-Andalus.




  



También, ese día uno, había que ir temprano por la tarde al Cementerio pues, los Auroros, fieles a una tradición secular acudían a rezar salves de difuntos ante las tumbas de los difuntos de la hermandad. Bien fueran hermanos cantores o hermanos de “tarja” Las voces roncas de la Aurora, que todavía hoy podemos escuchar en los cementerios de la ciudad, rompían la quietud y silencio de la tarde de Todos los Santos y al caer la noche, al atardecer, el farol de la “campana” era el único punto de luz que iluminaba el camino entre las lapidas repletas de flores de una jornada como esa. A quién no lo haya vivido nunca se lo recomiendo encarecidamente pues este recorrido por el campo santo es de un misticismo extraordinario. Las “salves de difuntos” no suenan igual si se escuchan en otros escenarios y sus voces roncas y varoniles quiebran el silencio sepulcral de quien yace bajo aquellas lápidas de mármol. Es una estampa murciana y entrañable. Irrepetible.
También, en aquellos días, a las dos de la tarde los bronces catedralicios lanzaban al aire el primer toque de difuntos, o toque de ánimas. En ese momento, en nuestros hogares, se encendían las “mariposas” de la marca San Juan Bosco, lamparillas les llaman también, pero en Murcia siempre “mariposas”. Pequeñas mechas sobre una base finita de corcho que flotaba en el aceite añadido al tazón de barro, casi hasta el borde lleno de agua, y que se encendían el uno de noviembre a las dos de la tarde. Al toque de Ánimas. Una “mariposa” por cada uno de los familiares difuntos y una genérica por todas las almas del purgatorio…. Menudo miedo, pánico más bien, me entraba a mi cuando en la oscuridad de la noche y desde mi habitación veía el tintineo de las velitas que proyectaban sombras fantasmagóricas en las paredes del gabinete donde estaban  encendidas… Me tapaba la cabeza hasta con la almohada para no ver aquella luz sepulcral.




Ya, el día dos, Día de las Ánimas, había que ir a misa con toda la familia para orar por los fieles difuntos. La iglesia utilizaba el “negro” en la liturgia y toda ella estaba recubierta con ese color. Los altares laterales, colgaduras en sus columnas e incluso, en alguna de ellas, un catafalco montado frente al altar mayor y flanqueado por cuatro velones enormes uno en cada ángulo. Por cierto que, el sacerdote, oficiaba tres misas seguidas sin paréntesis entre ellas.  Aún no había pronunciado el “Item misa est” ya estaba leyendo rápidamente la primera de las Antífonas de entrada de la misa siguiente. Y todos lo teníamos más que asumido. El día de los difuntos se iba a la Iglesia a participar en tres misas. Y no había más desde luego.
Viejas costumbres y tradiciones que, hoy, se van perdiendo en detrimento de nuestra cultura y nuestras raíces donde, a pasos agigantados, se  van instalando otras que nada tienen que ver con nosotros pero que son aceptadas y adaptadas por la inmensa mayoría.






No sería malo que, en los centros escolares, en lugar de hacer fiestas de “Halloween” para que los niños vayan vestidos de mil formas, o pese a hacer estas fiestas, también se les hablara de las costumbres de cada zona o rincón de España donde los escolares estén ubicados que tienen y atesoran una serie de hermosas tradiciones para honrar la memoria de las personas que nos precedieron.
Hermosas raíces de este pueblo nuestro que van perdiendo la batalla frente a modas y modismos que nos son ajenos por completo y que ya se han instalado entre nosotros con derecho propio.

Y antes de terminar me tomo la licencia de traer a este comentario  un viejo verso que, desde niños, nos hacían recordar en estos días de difuntos:



“A las ánimas benditas
No te pese hacerles bien
Sabe Dios si tu mañana
Serás ánima también”. 




Comentarios

  1. Me encanta este recuerdo. Murcia es riquísimo en tradiciones y la de los Auroros cantando en memoria de los difuntos me parece maravillosa. Me encantaría escucharlos!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

YA VIENEN LOS REYES MAGOS

MUERTE EN LA CALLE

EL HUESO DEL DÁTIL, CUENTO NAVIDEÑO