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viernes, 16 de mayo de 2014

ARLEQUÍN....

La tarde era gris y lluviosa. Hacía frío en aquella jornada de final de un invierno que se resistía a abandonarnos. Sabía que, aquel teatro, iba a ser restaurado y que había cerrado sus puertas hasta que el dinero de la Administración le devolviera el esplendor y la gloria de su pasado unido indisolublemente con la historia de la ciudad.
No tuve ningún problema para entrar dentro. El señor Tomas, el viejo conserje que vivía en la casa aledaña, se pasaba las tardes sentado en el amplio vestíbulo, en un descolorido sillón de terciopelo granate y con lo que antaño fueran barrocas y doradas patas, bajo la magnifica araña que, otrora, iluminara a lo mas granado de la sociedad en las noches de ópera o en la de los inolvidables estrenos que sobre las centenarias tablas del escenario habían tenido lugar. Fotos en los pasillos, camerinos y ambigú así lo atestiguaban. 
Me dejó entrar en aquella sala quieta y callada. El telón de boca estaba colgando a medio sobre el escenario como si hubiera quedado interrumpido, en sus bajadas y subidas, por el continuo aplauso de un público inexistente que premiaba la representación de los imaginarios actores. En el patio, las butacas, estaban protegidas por lona y plásticos para que la suciedad no hiciera mas estragos en sus gastados terciopelos.

Recorrí con emoción los rincones de aquel histórico escenario iluminado, únicamente, por la luz grisácea de la tarde lluviosa que se colaba por unos ventanales abiertos en la zona de maquinas y un par de focos pequeños y de escaso voltaje que, Tomas, encendió sobre la corbata del escenario y que daban, por la suciedad que seguro tendrían sus lentes, una luz mortecina y apagada,
En un rincón, tras lo que era el telón de fondo, cajas de madera y baúles de mimbre guardaban en su interior toda clase de objetos inútiles hoy, pero llenos de vida en un pasado cercano.


Entre telas, restos de vestidos multicolores, pelucas ajadas, sables sin filo ni brillo, pistolas que jamas dispararon balas, barbas postizas y mil objetos del atrezzo de una obra imaginaria estaba él. Allí al fondo del baúl de mimbre. Como si el tiempo se hubiera detenido en un soplo de vida imposible. La vieja marioneta de un Arlequín, heredero de aquella mítica figura de la "Comedia del Arte" que nació en Italia en el siglo XVI y cuyo origen se encuentra en el teatro cortesano de la Edad Media. El compañero del astuto Brighella y la pícara Colombina. Amor imposible del pobre Arlequín. Los tres personajes sobre los que se construyeron mil obras y entretenimientos que les convertían en protagonistas por plazas y pueblos de la vieja Europa.

No pude resistir la tentación y cogí entre mis manos aquella marioneta a la que, por cierto, le faltaban los hilos. Su ceniciento color en la porcelana del rostro. El traje ajado y con múltiples agujeros. La paja y trapos con los que formaron su cuerpo, se veían tras los descosidos de algunos rombos de su característica vestimenta. Una de sus manitas rota..... saqué con infinita ternura aquella marioneta del viejo cofre y la acaricié con mis manos.


De pronto y como salido de la nada oí una voz a mis espaldas: ¿Le gusta a usted el Arlequín señor?  Era un hombre de edad indefinida. Pelo canoso y abundante. Barba igualmente nívea que le llegaba cerca del ancho cuello. Hombros fuertes y poderosos. Cuerpo grande y alto. Un viejo "guardapolvos" gris cubría su figura. Si, por supuesto que me gusta, le dije, es precioso y parece incluso tan  triste. Mucho mas que en la escena cuando es protagonista. Quien es usted que no le conozco de nada. ¿Es amigo de Tomas el conserje o trabajaba usted también el teatro?  Me miró con unos ojos azules, transparentes, llenos de vida y me dijo. Si, por supuesto que conozco a Tomas y a muchos otros, a miles que han pasado por aquí por esta sala. Incluso le conozco a usted. Yo soy, amigo mio, el "espíritu del Teatro"

Me quedé quieto por un instante como si aquello fuera un sueño que la vida me regalaba aquella tarde fría y gris. Y entonces me dijo con la mejor de sus sonrisas que, por cierto, iluminó su rostro. Siéntese amigo mio, siéntese que le voy a contar una historia que, a lo mejor, usted conoce o le recuerda a alguien. 

 Tomé asiento sobre una caja de madera que había a mi derecha dispuesto a escuchar a aquel hombre. Cuando me di cuenta mantenía, en mis manos, aquella vieja y ajada figura de la marioneta de Arlequín. 

En este teatro, como en tantos otros, comenzó diciendo, la semejanza con la vida es total. Todos los días, salimos  a la calle a representar una obra teatral. Estamos sobre la escena y bajo la atenta mirada y juicio sumarísimo de una sociedad que nos valora no por la mascara que llevemos ese día, que todos nos la ponemos, sino por como desarrollamos nuestro papel. Por eso, cuando volvemos a casa, cansados, abatidos o contentos, tristes o felices, el telón de nuestro particular teatro cae cerrando así el acto que nos ha tocado representar. La sociedad nos juzga y nos juzgará siempre. Ellos, los de ahí afuera, el público siempre soberano nos premiará o condenará según le haya parecido nuestra representación. Es, amigo mio, el gran teatro de la vida.

Mientras aquel hombre me hablaba, inconscientemente, seguía acariciando la cara de porcelana de la vieja marioneta y mis manos recorrían, con cariño, aquel cuerpo destrozado de paja y trapos.


El viejo Arlequín, que tiene usted en sus manos, fue el protagonista de mil representaciones en este viejo teatro en el que estamos. Hizo reír y llorar. Levantó al público de sus asientos o incluso les dejó impasibles (todas las representaciones no pueden ser gloriosas o triunfales) Fue ejemplo para otras muchas marionetas que se fijaban en su manera de actuar. Hubo un tiempo que, incluso, le pusieron para que enseñara a otras a comportarse sobre los escenarios y le puedo asegurar que preparó a muchísimas de ellas. Fue odiado pero también reconocido. Hizo todo cuanto pudo por este teatro. Dejó su vida de marioneta sobre estas viejas tablas. La sociedad, esa que premia o condena, le reconoció siempre su buen hacer en el escenario y se lo demostró en numerosas ocasiones con homenajes y reconocimientos. Vamos, mire usted, era el actor principal de esta obra inacabada de la vida pero también le prometo, yo que le conozco muy bien, que jamas, jamas, buscó el protagonismo o el reconocimiento. Arlequín, este muñeco de trapo solo era feliz actuando y todo cuanto hacía e hizo fue para engrandecer aun mas el viejo arte de Talía. Nunca buscó brillar, que podía haberlo hecho, sino que persiguió la feliz representación que le encargaban cada día y a ella se entregó en cuerpo y alma.

Escuchaba a aquel hombre, aquella aparición fantasmal, y un nudo apretaba mi garganta cada  vez con mas fuerza. ¿Y que pasó entonces?  me atreví a preguntarle. 
Eso nunca se supo amigo mío. Un mal día de ingrato recuerdo, el empresario del teatro, se presentó aquí diciendo que se habían acabado las representaciones de la marioneta. Que ya, Arlequín, no iba a protagonizar ninguna obra mas del  repertorio. Fue un día muy triste. Recuerdo, como si hubiera sido ayer mismo, al Director del teatro enfadadísimo con la decisión del empresario. Incluso, su voz y su protesta, se escuchó por todo el recinto. A las otras marionetas llorando la pérdida de Arlequín. El público escribiendo y dejando su protesta en el libro de reclamaciones de taquilla. Los autores pidiendo explicaciones.... En fin, pero al final, Arlequín fue a parar al fondo de ese cofre de donde usted lo ha sacado y cayó rápidamente en el olvido. Hoy nadie o casi nadie recuerda a la vieja marioneta. Si, se sabe, que en otro tiempo, hubo en este teatro una marioneta que, vestida de Arlequín, lo mismo representaba el drama que la comedia. Lo mismo hacía reír que llorar pero es lo único que se recuerda. La gente, el público, es olvidadizo por naturaleza ademas que, en estos días, quizá aquellas obras se han quedado viejas y obsoletas. No lo sé, Nunca supimos el verdadero motivo de aquello.

Igual que vino se fue y me dejó solo sobre el escenario. Sin darme cuenta de nada. Sentado sobre la caja de madera seguía acariciando aquel cuerpecito de paja y trapos. Me fijé que, la noche, había caído sobre la ciudad pues por los estrechos ventanales de la sala de máquinas ya no entraba luz natural y el cielo, plomizo y amarillento, seguía descargando agua sobre la ciudad. Es mas, Tomas, desde el fondo de la sala me llamó para que saliera pues quería cerrar el teatro y volver a su casa ya que el frío y la humedad no invitaban a otra cosa.

Dejé en aquel baúl la marioneta pero, antes, acaricié su carita y mis dedos se humedecieron por las lágrimas imposibles que aquel viejo rostro de porcelana derramaba por un  dolor de ausencias en el transcurso de la noche eterna del alma.

Fuera seguía lloviendo.


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