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martes, 13 de mayo de 2014

LOS PASOS PERDIDOS....

Voy sin rumbo. Conduzco dejando atrás la ciudad. El mar es mi destino. Harto de encierros, silencios y soledades me pierdo en el asfalto buscando esa sensación de libertad que solo el mar puede darme en momentos como estos. No quiero ver a nadie. No quiero hablar con nadie. Necesito entender y comprender el porque de tantas cosas que solo, en el silencio junto al mar, puedo llegar a comprender. Encontrarme conmigo mismo e intentar racionalizar el porque de tantas cosas que suceden y que de la noche a la mañana cambian tu destino para siempre. Términos como amistad, lealtad, honor parece que están en desuso en esta sociedad que solo entiende de números y objetivos.

Los kilómetros de la autovía van pasando. Atrás dejo paneles con anuncios de coches de alta gama y cilindrada. Televisores de ultima generación, muebles para recién casados, rostros familiares de partidos políticos que piden mi voto ante la proximidad de los comicios y hasta un establecimiento que ofrece las mejores copas servidas por unas chicas que, veo de pasada en el anuncio, tienen pechos generosos sobre la barra donde, una botella y un largo vaso, esperan al viajero solitario que deambula por la carretera. 

Soledad. Necesito soledad y el mar..............



Llego a mi destino justo cuando la tarde comienza a declinar lentamente. El sol, poderoso, va perdiendo parte de su fulgor en la linea del horizonte y las olas llegan mansas a la orilla donde mueren después de sabe Dios que largo viaje han realizado mecidas por vientos y corrientes. Todo es quietud y silencio. El lugar invita a la reflexión. El reloj se detiene como en una postal amarillenta por el paso del tiempo y todo queda suspendido en un suspiro que la vida me ofrece ante la grandeza de la naturaleza. Solo rompo mi particular aislamiento cuando, en mi Ipod, suena La primera sinfonía de Mahler que es el elegido para hacerme compañía en el encuentro con mis fantasmas.
Me siento sobre la arena y mi vista se pierde ante la grandeza del mar. Allá en lo alto, sabedoras que la tarde está muriendo, una bandada de gaviotas revolotean inquietas buscando, quien sabe, el alimento que necesitan antes que la oscuridad se haga presente.


Me pregunto donde está mi culpa. Busco donde están mis errores. Reflexiono sobre todo lo acaecido y me doy cuenta que, a veces, el hombre es una marioneta en manos de un poderoso autor que juega a su antojo con nuestro destino. Somos "polichinelas" en el gran teatro de la vida que el  "amo" mueve a su antojo en el escenario. Ahora Arlequín, mañana el malo, pasado Colombina, al otro el villano, mas tarde el príncipe o la princesa  y así hasta que la marioneta, tras representar mil obras, es arrojada sin piedad al cesto de mimbre de donde no saldrá mas. Abandonada, rota, inservible para seguir actuando. "Ya estas viejo Arlequín. Llevas muchas representaciones. Estas muy visto. Buscaré otro que te sustituya y tu iras al cesto de mimbre...."  El Gran Teatro de la Vida que te baja el telón cuando menos te lo esperas y te condena al olvido.

Sigue el postromantico Gustav Mahler sonando en la quietud de la tarde. El también, por sus orígenes judíos, fue tenido en cuenta muchos años después que el nacismo imperante en Austria y Alemania pasara a la historia. Tuvieron que transcurrir muchos años para que su valía ocupara de nuevo el lugar de honor que la gran música le tenía reservado en el Olimpo de los compositores. Y en esta España, cateta y provinciana, cainita y atrasada, tuvo que venir aquel político, Alfonso Guerra, diciendo que el escuchaba a Mahler para que los "modernos" se subieran al carro. 

Pasan las horas y descalzo mis pies. Remango mis pantalones por encima de los tobillos Me quito los calcetines y los dejo, junto a mis zapatos, al lado de una piedra. Me incorporo y meto mis pies desnudos en la blanca espuma que muere sobre la fina arena de la playa.


Camino sin rumbo. El sol muere a lo lejos. El mar me acaricia. Me besa y me unge como arrepentida pecadora a las plantas de su "particular señor". Cual Magdalena que perfuma los pies de quien se ha acercado a ella en busca de consuelo. El silencio es hermoso. La soledad atractiva y atrayente. Los pensamientos, como antes las gaviotas, revolotean sin rumbo en mi mente. Van y vienen vertiginosamente analizando, viviendo, sintiendo, pensando..... y de pronto la imagen se hace nítida. Clara. Diáfana. Solo tengo que pararme unos instantes para contemplarla. En la orilla del mar está la respuesta............. mis huellas sobre la arena mojada. Efímeras. Pasajeras. Breves, fugaces, momentáneas, perecederas......


Ahí esta la respuesta. Vamos andando por la vida. Dejamos huellas, claro que las dejamos, pero el mar del tiempo pasa por encima de ellas y las borra en un suspiro. Pisamos fuerte y nuestro caminar queda grabado en la arena pero cuando la ola llega, con su poder y su fuerza, lame limpiamente la orilla y las huellas que tu has dejado, en  tu caminar de años, quedan borradas de un plumazo sin que apenas te des cuenta. Habrá, no lo niego, huellas mas intensas o menos. Mas superficiales, mas hondas o solo dibujadas pero por muy profundas que estas hayan sido, el mar, acaba por borrarlas de un plumazo y tu paso por la tierra es solo dejar la huella que el tiempo inmisericorde se encargará de borrar.

Ya se ha perdido el sol por el horizonte. La soledad es aun mayor. La tarde ha muerto y en el azul del cielo comienzan a verse los primeros destellos del nervioso tintineo de las estrellas mas madrugadoras. El mar se vuelve de color verde oscuro que, pronto, pasará a ser negro del todo desatando temores y leyendas. Solo la espuma sigue siendo blanca cuando muere a mis pies. 

De la nada sin darme cuenta, inmerso como estaba en mis pensamientos, un chico y una chica pasean por las desiertas orillas del mar. Juegan, corren, se abrazan, se besan con ternura. El la coge entre sus brazos y la sube hasta lo mas alto para que las estrellas la bañen con su luz. Su largo pelo negro, al viento, es una cortina de vida que se desparrama sobre la cara del ser amado. La baja, la estrecha contra su pecho, la acaricia... la besa tiernamente en los labios.

Me fijo y veo que sus pies, los de ambos, también están dejando su huella sobre la arena. Huellas de amor. Promesas de vida en sazón de la primavera del alma... pero huellas al fin y al cabo que, algún día, el mar borrará para siempre y no quedará ni rastro de ese hermoso atardecer que vivieron en una playa escondida.


1 comentario:

  1. Seguro que no estoy sola en la afirmación de que somos muchos los que asistimos con congojo y desagrado a la más reciente escena que se ha desarrollado en el teatro de tu vida, Maestro. Nosotros tampoco tenemos respuesta acerca de la fórmula que nos permita avanzar por esa orilla con calma. Ninguno tenemos siquiera la garantía de ver reconocida nuestra trayectoria. Pero todos los murcianos, especialmente los que malvivimos de esta profesión más vocacional que próspera, llevamos en el corazón impresa al menos una de las huellas de tu paso por la historia de Murcia y aún resuenan en nuestros oídos tus crónicas radiofónicas. Los recuerdos nadie nos los puede arrebatar, Alberto. Ahora será otro escenario, otra obra y nuevas huellas que imprimir en la orilla de tu playa. Y seguirás estando acompañado por todos los que te apreciamos y respetamos. De eso que no te quepa duda.

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